martes, enero 17, 2006

P.F.
Como un recuerdo del futuro llegó a mi mente devastada por el hastío el nombre de una persona (que no pienso dar todavía) y este hurgar en la nariz del tiempo me llenó de nuevas preguntas y ciertos mocos de discrepancia en mi uña investigadora, ignorando que las verdades absolutas son sólo absolutas y generalmente bastante poco verdades. Se que no estoy siendo muy claro, pero a riesgo de ser extremadamente críptico voy a llevar este relato de oscuro a claro y por ende no pienso simplificar detalles ni formas literarias que sean precisas en el contexto de los acontecimientos que intento narrar.
Las palabras, en ocasiones, parecen faltar cuando apresuro mis pensamientos y escapo a la claridad lingüística que tanto busca quien quiere expresarse con corrección. La necesidad imperiosa de comunicar relega calidad descriptiva y ese es un error muy común a muchos que no pienso cometer por ansiedad o simple vanidad.
Científicos y literatos, filósofos y hombres preclaros han dado pasos en falso en el intento mismo del plasmar su obra y sin embargo el mundo siguió girando como si nada. No voy a esconder mi cabeza como una mangosta o simple y miedosa mormiga; la realidad no tiene por que esconder verdades para algunos... lo que se deba saber debe saberse, intentaré lo posible para dar luz a los que no la tengan. Hay vendas sobre los ojos de una humanidad vencida a los miedos y las idolatrías, pero eso no debe ser obstáculo para el creador, para el investigador o para el artista; la "verdad" no es el lugar idílico en el que se resuelven todas las preguntas y desaparecen los misterios. La "verdad", valdría más decir "las verdades" son las puertas que nos separan de esas praderas de acertijos resueltos y dilemas aclarados... y además hay que comprender que no siempre están cerradas esas puertas... y muchas veces estamos tirando de una puerta con un cartelito en el que dice "empuje".

Así son los ejemplos que nos da la vida, el sólo pensar en culturas como la egipcia nos da nuevas pautas, recuerdo que hay un refrán árabe que sabiamente reza:


"El hombre teme al tiempo, así como el tiempo teme a las pirámides"
Todo esto me sirve de prefacio para mi nueva incógnita, si aquellos hombres de la antigüedad en sus ordenadores no poseían Windows Xp, y difícilmente hayan usado Windows 98, es bastante lícito pensar que hubieran usado programas de diseño bajo DOS para realizar esos "Partenones fallidos" de forma piramidal. Lo que de todas maneras nos lleva a meditar en sus conocimientos de computación.

Supongamos que el universo es una especie de mar con sus idas y venidas, con sus profundidades y sus superficies... sus peces payaso y sus tiburones. Entonces que designio nos lleva a pensar que la ambigüedad humana nos conduce por el camino del progreso al páramo donde habitan las beldades del futuro que tan solo conocemos por dibujos de locos y cuentos de drogadictos.
No seamos el objeto que el viento transformado en desidia nos arrastre ciegos de loca vanidad de conocimientos y nos haga ignorar lo que ya sabemos. Las oscuras profundidades estigianas nos acompañan para recordarnos como una persona con un barco y con una espada puede ser rey, pero no por eso nos va a caer simpático como un pitufo. Mi meta sería alcanzada si el cúmulo de sabiduría que fue desterrada en el pasado por conquista y avasallamiento quedase a flor de tierra quemando este manto de oscurantismo que por tanto tiempo nos sumió en lo más profundo de la ignorancia viciando de indiferencia nuestra historia.
Con esto no pretendo plantear que la magia soluciona nuestros problemas, porque eso es un facilismo retrógrado muchas veces utilizado de manera demagógica por quien quiere salir a vender estampitas, Vaticanos, pollos muertos y libros santos.

Recordemos siempre que Alicia tuvo que atravesar un espejo para ingresar al "país de bla bla bla", y esto no es solo un cuento infantil, es una pintura naif del comportamiento humano simplemente porque el ser humano "es" infantil. Atravesar un espejo es en sí chocar con uno mismo, es abrir la propia puerta de la masa perecedera de carne que somos (no del individuo como quisieran muchos psicólogos) a un mundo en lo que el absurdo nos depara sensaciones nuevas. El placer y la felicidad déjenlo para los egoístas.