Con el transcurrir de los días, me estuve dando cuenta de que en cierta forma (vaya uno a saber porqué) me siento viejo. Es probable que se deba (en parte) a incidentes metafísicos que protagonicé en mi infancia. Sin escarbar mucho en mi mente brota el recuerdo de que yo jamás cumplí once años... pasé indefectiblemente de los diez a los doce. Parece extraño y difícil de explicar, pero los arrebatos espacio-temporales que nos depara la vorágine de la física cuántica me obliga a reflexionar sobre la realidad insoslayable de mi pasado. Además, no mucho tiempo después paso algo similar en rareza y diametralmente opuesto en los hechos; cumplí catorce años en dos ocasiones... más de un incauto podría aseverar que son sólo delirios los que rebalsan de mi baldía masa encefálica y pintan con colores de absurdo el ayer de una vida mediocre y rutinaria. En reiteradas ocasiones (no sin dolor en lo profundo de mi corazón) tuve que soportar infamias referentes a mi relación con el alcohol... infamias que en cierto grado, y muy tangencialmente esbozan una raíz cierta pero que no condicen con las huellas de destrucción que quieren ostensiblemente hallar en mi vida.

El galpón de mi primer laburo
No fue fácil para el niño que fui a los diecinueve años tener que cuidar ese galpón en Berazategui... si me parece olerlo; era mi primer trabajo remunerado y se mantienen vívidas las mañanas en ese lugar. Mi función era la de vigilar que no se lleven nada los vecinos... básicamente las damajuanas de vino que allí se depositaban. Cumplía el horario de cuatro a doce, en el mediodía me retiraba tomaba la posta Víctor (que no recuerdo su apellido porque nunca lo supe). Gangoso y muy mal hablado fue distante y frío conmigo... pero me enseño mucho de como se debe cuidar un galpón.
Volvía por la cortada Comodoro Nicanor Tripa (jamás supe quién fue ese prócer) y me sentaba un rato en la placita sin nombre. Los pibes que jugaban al fútbol siempre me gritaban y me insultaban hasta que le pegué a uno... pero no quiero recordarlo porque fue mi primera visita a la comisaría y el pibito murió al año por fallas renales, las malas voces decían que fue por las patadas que le pegué en la espalda, pero yo sé que no fue así.
Estuve dos meses preso, y tuve una revelación el calabozo. En una pelea de la que quise escaparme un gordo me pegó en la cabeza con el codo... para ser más gráfico me estaba esperando en la puerta y cuando intenté correr para zafar me paró con el codo en la frente. Caí al piso y sólo me vienen con poca claridad las imágenes de mi cuerpo tirado en una salita de guardia. Me salía sangre de la nariz como si me hubiesen metido una licuadora adentro. Primero grite y no se me entendía nada... aparentemente cuando me pegaron el mamporro me mordí la lengua y perdí un pedacito... y con la cantidad de lauchas que hay en la seccional no pudieron recuperarlo; pero a lo que iba era al recuerdo de esa verdad que se me develó en el traumatismo de cráneo. Fue más que una visión era un chancho con la cara de Juan XXIII que me decía:
- "Mira donde estás, rescátate"- con serenidad y tono magnánimo como el de David Bowie. A lo que con un balbuceo de lengua lastimada le respondí:
- Pedo... pedo... pedo... ped... (quería decir "pero" lógicamente) ... esods nenitods me putean todos los santdos días...
El chancho se paró sobre sus patas traseras y con un ademán con la patita derecha y vos firme replicó:
- "Y a mi... ¿Qué?"